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SOCIO: Juan Sánchez

ACTIVIDAD: Exposición

TÍTULO: A veces confundir la Historia ayuda.

FECHAS: 30 de mayo al 11 de Junio y del 1 al 26 de septiembre de 2014

LUGAR: Galería T20. Calle Victorio 27 bajo. 30003 Murcia. Tel – Fax 0034 96821580

MÁS INFO:
http://galeriat20.com/
info@galeriat20.com
http://adondelohago.blogspot.com.es/

A veces confundir la Historia ayuda / Juan Sánchez, como todo el mundo

Ricardo Forriols / Universitat Politècnica de València

 

Me llamo Erik Satie, como todo el mundo.

Erik Satie

 

Se llama Juan Sánchez, como todo el mundo, y esta es su primera exposición individual en una galería, una exposición que con su flamante título: A veces confundir la Historia ayuda, parte de una curiosa tesis: ser despistado ayuda y puede ser cojonudo; una tesis que —según explica— se articula desde dos confusiones, a saber:

Confusión 1. Cuando el joven Kandinsky visitó la exposición de los impresionistas en Moscú en 1895 y quedó fascinado delante de uno de los almiares pintados por Monet. No entendió eso que veía, por raro, no veía lo que había pintado en la tela pero los contrastes de color y aquellas pinceladas le sorprendieron tanto que confundió la forma sin alcanzar a averiguar la imagen hasta que buscó el título de aquel pequeño lienzo entre la nómina de cuadros expuestos. Bueno, como decían los papeles era sólo un montón de heno pero resultaba muy hermoso.

Confusión 2. Cuando en 1908, Kandinsky regresó al estudio de uno de sus paseos vespertinos por Murnau y contempló sorprendido, quizás alarmado, la belleza y la potencia de un cuadro sobre el caballete en el que veía sólo una superficie coloreada sin ningún rastro de representación. Al acercarse para cogerlo entre las manos, descubrió confuso que se trataba de uno de los paisajes en los que estaba trabajando que había quedado invertido y que, al verlo así boca abajo, había perdido todo anclaje a la realidad y al suelo.

El recuerdo de estos dos momentos epifánicos en la trayectoria de Kandinsky —que los relata en su biografía Mirada retrospectiva— sirven pues para entender mejor la propuesta de Juan Sánchez si pensamos que 1) Kandinsky no vio de primeras lo que había pintado realmente Monet en su cuadro porque estaba más pendiente del trabajo de pintura que de la imagen pintada, necesitando de las palabras de un título para contrastar aquello que veía; y 2) Kandinsky se acercó a las bases de la abstracción leyendo a Worringer, escuchando a Schönberg y dándole la vuelta a sus cuadros, lo que los hacía diferentes, extraños, nuevos. ¿Viéndolos del revés? ¿Quizás a contraluz? Esto resultará fundamental puesto que la confusión primera de Juan Sánchez fue pensar que Kandinsky descubrió esa cosa rara en su paisaje —como el almiar de Monet— no por estar volteado sino del revés, visto por detrás y a contraluz, confundiendo la historia.

El desenfado, la ironía y la necesaria libertad de interpretación de la historia de la pintura y su tradición reciente no están para nada reñidos con esta serie de cuadros en los que con una factura impecable, por pulcra, aún la poca pintura y la extrema sencillez primera, revela obras muy concretas, compactas y efectivas que hacen del cuadro un índice —siguiendo a Benjamin H. D. Buchloh— que se juega la vida consigo mismo sólo con sus valores, un todo, con sus claves, las que les ha ido dando la historia.

Una de ellas es la forma, que será autónoma o no será. Pero esto que se lo explique él si fuera necesario.

Otra, la importancia dada a la objetualidad del cuadro como soporte de la pintura. Una importancia que radica en denunciar su presencia, la que da forma y superficie al lienzo pero dándole la vuelta a su frontalidad; en subrayar su estar, dejando que el bastidor se vea y participe activamente en la composición, por trasparencia, decidiéndola incluso; en darle buena parte del protagonismo al separar espacios y articular su instalación diferenciada en la pared o sobre el suelo o en rincones o combinado con objetos encontrados.

Una tercera: la incorporación de la luz como fenómeno, a modo de leve veladura desde atrás, esa luz eléctrica —a veces un simple reflejo— que a su manera desnuda todo el cuadro como dispositivo y hace saltar por los aires la caja de su teatro —como si viéramos al trasluz, confusos con Kandinsky, aquel paisaje de Murnau una tarde cualquiera de 1908.

Escribo esto mientras amanece en las playas del Mediterráneo, lo que daría lo mismo si no fuera tan tarde ahora tan pronto y si no me sintiera como Ortega escribiendo cerca de Lisboa sobre Velázquez, sin sus libros ni sus notas, de memoria. Escribo sin mis libros ni mis notas ni conexión a Internet, incapaz de visitar por la ventanita del ordenador el estudio de Juan Sánchez que es su blog (www.adondelohago.blogspot.com.es), donde se pueden encontrar las bases de su trabajo, su abecedario plástico hecho paso a paso, la definición de la forma autónoma y casi todas las pruebas o posibilidades para seguir pintando confundiendo la Historia, como todo el mundo, aunque sea casi sin pintura.

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